El Sermón del Monte es uno de los pasajes más famosos de las Escrituras. Ciertas frases son conocidas tanto por cristianos como por no cristianos. «No juzguéis…», «Bienaventurados los pobres…», «Vosotros sois la sal de la tierra…». Si bien frases como estas son bien conocidas, ¿con qué frecuencia vemos el Sermón del Monte en acción? Al fin y al cabo, si escuchamos y entendemos la Palabra de Dios, estamos obligados a obedecerla. Si no, estamos engañados, viviendo en un engaño espiritual (Santiago 1:22).
Nuestra familiaridad con este sermón eterno puede ser como un viejo camino rural: si lo hemos recorrido suficientes veces, perdemos el cuidado. La conducción responsable se desvanece porque conocemos el camino como la palma de nuestra mano. Sin embargo, el orgullo se derrumba cuando nuestro descuido casi nos hace chocar de frente con un camión.
La familiaridad y la comodidad pueden ser peligrosas al conducir. También puede serlo en nuestra vida espiritual. Conocemos el camino del servicio, la mansedumbre, poner la otra mejilla y discernir a los falsos profetas, pero ¿nos hemos familiarizado demasiado con las verdades del Sermón del Monte? Como al conducir por una carretera conocida, ¿necesitamos ser sacudidos espiritualmente por un camión que se aproxima?
Examine su familiaridad con las verdades eternas de este Sermón y decida usted mismo si su familiaridad ha engendrado apatía y pereza espiritual.