Domingo – Jesús ante Pilato: Mateo 27:11-14; Marcos 15:1-5; Lucas 23:1-5; Juan 18:32-38; 19:1-12.
Bajo la ley romana, Pilato tenía la autoridad suprema para llevar a cabo el juicio de un acusado, examinar las pruebas, interrogar a los testigos, declarar su culpabilidad o inocencia y dictar la sentencia final. Los juicios romanos constaban de tres partes: interrogatorio, comparecencia ante el juez y sentencia. En la fase de interrogatorio, las preguntas de Pilato revelaron que los judíos habían acusado a Jesús de proclamarse rey. Hacer tal acusación equivalía a que Jesús fuera acusado de traición contra el César, delito castigado con la muerte. Jesús admitió ser rey de los judíos, pero su admisión no se refería a un reinado terrenal, sino a uno celestial.
Lunes – Jesús ante Herodes: Lucas 23:6-12
Solo Lucas registra el juicio de Jesús ante Herodes. Cuando Pilato descubrió que Jesús era galileo, no dudó en entregarle el caso a Herodes, a pesar de que ambos eran enemigos. Herodes interrogó a Jesús exhaustivamente. Los líderes judíos lo acusaron con vehemencia y enojo. Herodes lo reprendió y lo humilló, incluso permitiendo que sus soldados se burlaran de él y le mostraran su desprecio. Sin embargo, Jesús permaneció en silencio durante todo el interrogatorio. De hecho, Herodes parecía más interesado en provocar que Jesús hiciera un milagro que en llevar a cabo un juicio justo.
Martes – La elección: ¿Jesús o Barrabás?: Mateo 27:15-18; Marcos 15:6-11; Lucas 23:13-19; Juan 18:39-40
Era costumbre en la fiesta de la Pascua liberar a un prisionero. Pilato, sin duda, puso a Jesús frente al peor criminal condenado que pudo encontrar: el bandido Barrabás. Estaba convencido de que Jesús no era un criminal y que la única razón por la que se habían hecho acusaciones contra él era porque los sacerdotes le tenían envidia. ¡Esta era la solución al dilema de Pilato! ¿Acaso el pueblo no se vería obligado a liberar a Jesús antes que a un criminal traicionero?
Miércoles – La esposa de Pilato: Mateo 27:19
Además de la convicción de Pilato de que Jesús no había hecho nada que mereciera la muerte, también tenía otra motivación para liberarlo. La esposa de Pilato había estado atormentada por un sueño. Por ello, creía firmemente que su esposo no debía tener nada que ver con Jesús, pues Jesús era un hombre justo. Le envió un mensaje a Pilato al tribunal animándolo a que se desvinculara por completo del asunto.
Jueves – ¡Crucifícalo!: Mateo 27:20-23; Marcos 15:12-14; Lucas 23:20-24; Juan 9:13-16
Para asegurar la liberación de Jesús, Pilato lo puso en contra del criminal convicto, Barrabás. Estaba desconcertado por la decisión de la multitud de liberar a Barrabás. Pilato les pidió enfáticamente que revelaran las malas acciones de Jesús que lo hacían merecedor de la pena de muerte, pero los sacerdotes y otros líderes religiosos incitaron a la multitud al frenesí. Resignado, Pilato comprendió rápidamente que había perdido toda influencia sobre ellos.
Viernes – Pilato se lava las manos: Mateo 27:24-25
Era costumbre que, cuando un hombre derramaba sangre, se lavara las manos para limpiar simbólicamente la mancha. Pero era una mancha que jamás podría borrarse. Treinta años después, en este mismo lugar, se dictó sentencia contra algunos de los mejores ciudadanos de Jerusalén, y muchos fueron azotados y crucificados. La casa de Anás fue finalmente destruida, Caifás fue depuesto un año después de la muerte de Jesús, y Pilato sufriría tormento hasta su suicidio.
Sábado – Heridos por nuestras transgresiones: Mateo 27:26; Marcos 15:15; Lucas 23:25
El látigo era un látigo con varias correas, cada una cargada con bolas de plomo en forma de bellota, o trozos afilados de hueso o púas. Desnuda y atada a una columna con la espalda encorvada, la víctima era azotada por seis lictores, que desgarraban su cuerpo casi hasta la muerte. Cada golpe desgarraba profundamente la carne, hasta que las venas y a veces las entrañas quedaban al descubierto. La pérdida de sangre abundante era habitual.